Hace un tiempo se me presentó frente a
un hecho vivido la siguiente frase al intentar hablar del amor: "Cuando
las palabras no alcancen, cuando las palabras sobren....entonces se trata de
amor".
El tema del amor
es algo de lo que hablan todos y casi todo, libros, películas, canciones,
conferencias, charlas de café, discursos que andan dando vuelta, entre otros de los tantos escenarios posibles. Es algo
común hacer referencia al amor.
Al mismo tiempo cuando me encuentro
teniendo que hablar de ello, las palabras no brotan con facilidad, y resulta
que lo que generalmente oigo respecto de esta palabra ya no me cierra, no me
identifica, no coincide con la idea de amor que fui palpando.
Me he ido encontrando con algunos
escritores que se alejan de las ideas de amor idílico, edulcoradas, victorianas, ideas de medias naranjas, de completud, de ser UNO
con el otro, de amores eternos, o de que el comportamiento debiera ser de tal o cual manera en el amor, puntos que finalmente arman una moral
sobre el amor, y que lo que hacen sin saber es dejar por fuera precisamente al
sujeto involucrado en esa relación, ya sea de pareja, de amistad, familiar, o
del vínculo del que se trate y que se plantea en términos de amor.
Estamos aquí ante una versión del amor,
en la que no hay un poder hacer frente a la castración, sino que contrario a
ello se lo vela con el engaño y la ilusión, y cuanto mayor es el
deslumbramiento, el encubrimiento y el engaño que se juegue en el amor, mayor
será el sufrimiento en ese lazo con el otro. No podría ser de otra manera
en tanto se apunta (sin saberlo a veces y otras no tanto)a construir, armar un “ser”
con el otro, desde el otro.
Me
interesa una versión del amor, más cercana a la que propone el discurso
analítico, más ligada al orden de la contingencia, que a la idea de lo
necesario, necesariedad misma de la neurosis. (Imaginariamente
puede ejemplificarse a través de la idea de que en el amor no se puede estar,
existir, vivir, ser, sin el otro, que insistentemente se escucha y no sólo en
relación a las parejas, también en los grupos de pertenencia, en las amistades,
etc. )
Solo
cuando la figura del Otro pierde su consistencia y cuando se modifica la
relación a la castración habiendo asumido la pérdida del objeto, el amor se vuelve una significación vacía, sin esta carga de sentidos. Así, aún cuando en la
vida algún objeto de amor se pierda, podrá vivirse con la dignidad del dolor,
pero sin el regodeo en el goce del sufrimiento.
Se
pone en juego, entonces, una versión del amor en la que se trata menos del
reencuentro y más de la invención, del lado de la contingencia y del azar. Es en la contingencia donde se da el encuentro de lo que en cada quien marca la
huella de su exilio de la relación sexual. El amor no sería más que ese
encuentro sintomático y contingente, en el que se juega el goce del Uno, no sin
el Otro.
Pero…¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?
Se me ocurrió en función de todo esto reunir en un escrito aquellas frases de autores
cercanas a la segunda versión del amor mencionada, y aquellas que reflejan la
idea de amor que voy construyendo, para la cual quizás no hay palabras exactas,
ni definiciones que la abarquen por completo.
- ¿Cómo surge el sentimiento de amar?
"Usted pregunta cómo podría surgir el sentimiento de amar.
Ella le responde: Quizá de un fallo repentino en la lógica del universo. Dice:
Por ejemplo de un error. Dice: Nunca por quererlo. Usted pregunta: ¿El
sentimiento de amar podría surgir de otras cosas aún? Ella dice: De todo, de un
vuelo de pájaro, de un sueño, del sueño de un sueño, de la cercanía de la
muerte, de una palabra, de un crimen, de uno, de uno mismo, de pronto sin saber
cómo"
Margarite Duras, en El mal de la muerte.
- Amor de verdad
Amaba con un amor auténtico a la celestial Inge,
que me amaba sí, -pero una vez más ¿a quién amaba ella? Amaba a la divertida
chiquilla que le escribía poemas y que le declaraba su pasión con un énfasis
cómico. ¿Aquellas expansiones eran yo? Lo dudaba.
Amaba con un amor auténtico a mi hermana, la
exquisita Juliette-oh, maravilla, ella me amaba igual que yo la amaba, sin
condiciones, me amaba por lo que yo era, dormía a mi lado y me amaba cuando
tosía por la noche: había sitio en ese mundo para un amor de verdad"
Amelie Nothomb, en Biografía del hambre.
Amelie Nothomb, en Biografía del hambre.
- Poder amar (No esperar nada del otro)
Paolo Giordano, en La Soledad de los números primos.
- Amar: “Domesticar”: “crear lazos”
Charla entre el zorro y el principito:
“….el principito- Busco amigos. Qué significa
"domesticar"?
-Ah!..., es una cosa muy olvidada-respondió el
zorro- Significa "crear lazos".
-Crear lazos?-preguntó el principito.
-Así es-confirmó el zorro- Tú para mí, no eres
más que un jovencito semejante a cien mil muchachitos. Además, no te necesito.
Tampoco tú a mí. No soy para tí más que un zorro parecido a cien mil zorros. En
cambio, si me domesticas..., sentiremos necesidad uno del otro. Serás para mí
único en el mundo. Seré para tí único en el mundo...
-Creo que empiezo a entender-dijo el principito-
Hay una flor... Creo que me ha domesticado.
-Es probable-contestó el zorro- En este planeta,
en la Tierra, pueden ocurrir todo tipo de cosas...!
(….)
-No existe nada que sea perfecto-dijo el zorro
suspirando.
Luego prosiguió:
-Mi vida es algo aburrida. Cazo gallinas y los
hombres me cazan. Todas las gallinas se parecen como también los hombres se
parecen entre sí. Francamente me aburro un poco. Estoy seguro que..., si me
domesticas mi vida se verá envuelta por un gran sol. Podré conocer un ruido de
pasos que será bien diferente a todos los demás. Los otros pasos, me hacen
correr y esconder bajo la tierra. Pero el tuyo sin embargo, me llamará fuera de
la madriguera, como una música. Mira! Puedes ver allá a lo lejos los campos de
trigo? Yo no como pan, por lo que para mí el trigo es inútil. Los campos de
trigo nada me recuerdan. Es triste! Pero tú tienes cabellos de color oro.
Cuando me hayas por fin domesticado, el trigo dorado me recordará a ti. Y amaré
el sonido del viento en el trigo...
El zorro en silencio, miró por un gran rato al
principito.
-Por favor... domestícame!-suplicó.
-Lo haría, pero... no dispongo de mucho
tiempo-contestó el principito. Quisiera encontrar amigos y conocer muchas
cosas.
-Sabes...? Sólo se conocen las cosas que se
domestican-afirmó el zorro. Los hombres carecen ya de tiempo. Compran a los
mercaderes cosas ya hechas. Y... como no existen mercaderes de amigos, es muy
simple, los hombres ya no tienen amigos. Si realmente deseas un amigo,
domestícame!
-Y... qué es lo que debo hacer?-preguntó el
principito.
-Debes tener suficiente paciencia-respondió el
zorro- En un principio, te sentarás a cierta distancia, algo lejos de mi sobre
la hierba. Yo te miraré de reojo y tú no dirás nada. La palabra suele ser
fuente de malentendidos. Cada día podrás sentarte un poco más cerca.
Al otro día el principito volvió:
-Lo mejor es venir siempre a la misma hora-dijo
el zorro- Si sé que vienes a las cuatro de la tarde, comenzaré a estar feliz
desde las tres. A medida que se acerque la hora más feliz me sentiré. A las
cuatro estaré agitado e inquieto; comenzaré a descubrir el precio de la
felicidad! En cambio, si vienes a distintas horas, no sabré nunca en qué
momento preparar mi corazón... Los ritos son necesarios.
-Qué son los ritos?-preguntó el principito.
-Se trata también de algo bastante
olvidado-contestó el zorro- Es aquéllo que hace que un día se diferencie de los
demás, una hora de las otras horas. Te daré un ejemplo. Entre los cazadores hay
un rito. Todos los jueves bailan con las jóvenes del pueblo. Para mí el jueves
es un maravilloso día, ya que paseo hasta la viña. Si los cazadores no tuvieran
un día fijo para su baile, todos los días serían iguales y yo no tendría
vacaciones.
Fue así como el principito domesticó al zorro.
Pero al acercarse la hora de la partida:
-Ah!-dijo el zorro- Voy a llorar.
-No es mi culpa-repuso el principito- Tú quisiste
que te domesticara, no fue mi intención hacerte daño...
-Sí, yo quise que me domesticaras-dijo el zorro.
-Pero dices que llorarás!
-Sí-confirmó el zorro.
-Ganas algo entonces?-preguntó el principito.
-Gano-aseguró el zorro- por el color del trigo.
Luego sugirió al principito:
-Vuelve y observa una vez más el jardín de rosas.
Ahora comprenderás que tu rosa es única en el mundo. Cuando vuelvas para
decirme adiós, yo te regalaré un secreto.
Se dirigió el principito nuevamente a la rosas:
-En absoluto os parecéis a mi rosa. Nadie os ha
domesticado y no habéis domesticado a nadie. Así era mi zorro antes, semejante
a cien mil otros. Al hacerlo mi amigo, ahora es único en el mundo.
Las rosas se mostraron ciertamente molestas.
-Sois bellas, pero aún estáis vacías-agregó
todavía- Nadie puede morir por vosotras. Es probable que una persona común crea
que mi rosa se os parece. Ella siendo sólo una, es sin duda más importante que
todas vosotras, pues es ella la rosa a quien he regado, a quien he puesto bajo
un globo; es la rosa que abrigué con el biombo. Ella es la rosa cuyas orugas
maté (excepto unas pocas que se hicieron mariposas). Ella es a quien escuché
quejarse, alabarse y aún algunas veces, callarse. Ella es mi rosa...
Regresó hacia donde estaba el zorro:
-Adiós-dijo.
-Adiós-dijo el zorro- Mi secreto es muy simple:
no se ve bien sino con el corazón; lo esencial es invisible a los ojos.
-Lo esencial es invisible a los ojos-repitió el
principito a fin de acordarse.
-El tiempo que dedicaste por tu rosa, es lo que
hace que ella sea tan importante para ti.
-El tiempo que dediqué por mi rosa...-repitió el
principito para no olvidar.
-Los hombres ya no recuerdan esta verdad-dijo el
zorro- En cambio tú, por favor... no debes olvidarla. Eres responsable para
siempre de lo que has domesticado. Eres responsable de tu rosa...
-Soy responsable de mi rosa...-dijo en voz alta
el principito a fin de recordar...
Saint
Exupery, El principito, Cap.XXI
- Amor: una voluptuosidad particular
“(...) Los cínicos y los moralistas están de
acuerdo en incluir las voluptuosidades del amor entre los goces llamados
groseros, entre el placer de beber y el de comer, y a la vez, puesto que están
seguros de que podemos pasarnos sin ellas, las declaran menos indispensables
que aquellos goces. De un moralista espero cualquier cosa, pero me asombra que
un cínico pueda engañarse así. (....) Creeré en esa
asimilación del amor a los goces puramente físicos (suponiendo que existan como
tales) el día en que haya visto a un gastrónomo llorar de deleite ante su plato
favorito, como un amante sobre un hombro juvenil. De todos nuestros juegos, es
el único que amenaza trastornar el alma, y el único donde el jugador se
abandona por fuerza al delirio del cuerpo. No es indispensable que el bebedor
abdique de su razón, pero el amante que conserva la suya no obedece del todo a
su dios. La abstinencia o el exceso comprometen al hombre solo; pero salvo
en el caso de Diógenes, cuyas limitaciones y cuya razonable aceptación de lo
peor se advierten por sí mismas, todo movimiento sensual nos pone en presencia
del Otro, nos implica en las exigencias y las servidumbres de la elección. No
sé de nada donde el hombre se resuelva por razones más simples y más
ineluctables, donde el objeto elegido sea pesado con más exactitud en su peso
bruto de delicias, donde el buscador de verdades tenga mayor probabilidad de
juzgar la criatura desnuda. Partiendo de un despojamiento que iguala el de
la muerte, de una humildad que excede la de la derrota y la plegaria, me
maravillo de ver restablecerse cada vez la complejidad de las negativas, las
responsabilidades, los dones, las tristes confesiones, las frágiles mentiras,
los apasionados compromisos entre mis placeres y los del Otro, tantos vínculos
irrompibles y que sin embargo se desatan tan pronto. El juego misterioso que va
del amor a un cuerpo al amor de una persona me ha parecido lo bastante bello
como para consagrarle parte de mi vida. Las palabras engañan, puesto que la
palabra placer abarca realidades contradictorias, comporta a la vez las
nociones de tibieza, dulzura, intimidad de los cuerpos, y las de violencia,
agonía y grito. La obscena frasecita de Posidonio sobre el frote de dos
parcelas de carne —que te he visto copiar en tu cuaderno escolar como un niño
aplicado— no define el fenómeno del amor, así como la cuerda rozada por el dedo
no explica el milagro infinito de los sonidos. Esa frase no insulta a la
voluptuosidad sino a la carne misma, ese instrumento de músculos, sangre y
epidermis, esa nube roja cuyo relámpago es el alma. Reconozco que la razón se confunde frente al
prodigio del amor, frente a esa extraña obsesión por la cual la carne, que tan
poco nos preocupa cuando compone nuestro propio cuerpo, y que sólo nos mueve a
lavarla, a alimentarla y llegado el caso, a evitar que sufra, puede llegar a
inspirarnos un deseo tan apasionado de caricias, simplemente porque está
animada por una individualidad diferente de la nuestra y porque presenta
ciertos lineamientos de belleza sobre los cuales, por lo demás, los mejores
jueces no se han puesto de acuerdo. Aquí la lógica humana se queda
corta, como en las revelaciones de los Misterios. Y no se ha engañado la
tradición popular que siempre vio en el amor una forma de iniciación, uno de
los puntos de contacto de lo secreto y lo sagrado. La experiencia sensual se
asemeja además de los Misterios en que la primera aproximación produce en el no
iniciado el efecto de un rito más o menos aterrador, escandalosamente alejado
de las funciones familiares del sueño, del beber y del comer, objeto de bromas,
de vergüenza o de terror. Al igual que la danza de las ménades o el delirio de
los coribantes, nuestro amor nos arrastra a un universo diferente, donde en
otros momentos nos está vedado penetrar, y donde cesamos de orientarnos tan
pronto el ardor se apaga o el goce se disuelve. Clavado en el cuerpo
querido como un crucificado a su cruz, he aprendido algunos secretos de la vida
que se embotan ya en mi recuerdo, sometidos a la misma ley que quiere que el
convaleciente, una vez curado, cese de reconocerse en las misteriosas verdades
de su mal, que el prisionero liberado olvide la tortura, o el vencedor ya
sobrio la gloria. He soñado a veces con elaborar un sistema de conocimiento
humano basado en el erótico, una teoría del contacto en la cual el misterio y
la dignidad del prójimo consistirían precisamente en ofrecer al Yo el punto de
apoyo de ese otro mundo. En una filosofía semejante, la voluptuosidad sería una
forma más completa, pero también más especializada, de este acercamiento al
Otro, una técnica al servicio del conocimiento de aquello que no es uno mismo.
Aun en los encuentros menos sensuales, la emoción nace o se alcanza por el
contacto: la mano un tanto repugnante de esa vieja que me presenta un
petitorio, la frente húmeda de mi padre agonizante, la llaga de un herido que
curamos. Las relaciones más intelectuales o más neutras se operan asimismo a
través de este sistema de señales del cuerpo: la mirada súbitamente comprensiva
del tribuno al cual explicamos una maniobra antes de la batalla, el saludo
impersonal de un subalterno a quien nuestro paso fija en una actitud de
obediencia, la ojeada amistosa del esclavo cuando le doy las gracias por
traerme una bandeja, o el mohín apreciativo de un viejo amigo frente al camafeo
griego que le ofrecemos. En el caso de la mayoría de los seres, los contactos
más ligeros y superficiales bastan para contentar nuestro deseo, y aun para
hartarlo. Si insisten, multiplicándose en torno de una criatura única hasta
envolverla por entero; si cada parcela de un cuerpo se llena para nosotros de
tantas significaciones trastornadoras como los rasgos de un rostro; si un solo
ser, en vez de inspirarnos irritación, placer o hastío, nos hostiga como una música y nos
atormenta como un problema; si pasa de la periferia de nuestro universo a su
centro, llegando a sernos más indispensable que nuestro propio ser, entonces
tiene lugar el asombroso prodigio en el que veo, más que un simple juego de la
carne, una invasión de la carne por el espíritu. Estos criterios sobre el
amor podrían inducir a una carrera de seductor. Si no la seguí, se debe sin
duda a que preferí hacer, si no algo mejor, por lo menos otra cosa. A falta de
genio, esa carrera exige atenciones y aun estratagemas para las cuales no me
sentía destinado. Me fatigaban esas trampas armadas, siempre las mismas,
esa rutina reducida a perpetuos acercamientos y limitada por la conquista misma.
La técnica del gran seductor exige, en el paso de un objeto amado a otro,
cierta facilidad y cierta indiferencia que no poseo; de todas maneras, ellos me
abandonaron más de lo que yo los abandoné; jamás he podido comprender que pueda
uno saciarse de un ser. El deseo de detallar exactamente las riquezas que
nos aporta cada nuevo amor, de verlo cambiar, envejecer quizá, no se concilia
con la multiplicidad de las conquistas. Creí antaño que cierto gusto por la
belleza me serviría de virtud, inmunizándome contra las solicitaciones
demasiado groseras. Pero me engañaba. El catador de belleza termina por
encontrarla en todas partes, filón de oro en las venas más innobles, y goza, al
tener en sus manos esas obras maestras fragmentarias, manchadas o rotas, un
placer de entendido que colecciona a solas una alfarería que otros creen
vulgar. Para un hombre refinado, la eminencia en los negocios humanos significa
un obstáculo más grave, pues el poder casi absoluto entraña riesgos de
adulación o de mentira. La idea de que un ser se altera y cambia en mi presencia
por poco que sea, puede llevarme a compadecerlo, despreciarlo u odiarlo. He
sufrido estos inconvenientes de mi fortuna tal como un pobre sufre los de su
miseria. Un paso más, y hubiera aceptado la ficción consistente en pretender
que se seduce, cuando en realidad se domeña. Pero allí empieza el riesgo del
asco, o quizá de la tontería. Acabaríamos prefiriendo las simples verdades del
libertinaje a las tan sabidas estratagemas de la seducción, si en aquéllas no
reinara también la mentira. Estoy pronto a admitir en principio que la
prostitución puede ser un arte como el masaje o el peinado, pero me cuesta ya
sentirme a gusto en manos del barbero o los masajistas. Nada puede ser más
grosero que nuestros cómplices. En mi juventud me bastaba la mirada de reojo
del tabernero que me reservaba el mejor vino, privando por lo tanto a algún
otro de beberlo, para asquearme de las diversiones romanas. Me desagrada que
una criatura se crea capaz de calcular y prever mi deseo, adaptándose
mecánicamente a lo que presume ser mi elección. Este reflejo imbécil y
deformado de mí mismo, que me ofrece en esos momentos un cerebro humano, me
induciría a preferir los tristes efectos del ascetismo. Si la leyenda no
exagera las extravagancias de Nerón y las sabias búsquedas de Tiberio, esos
grandes consumadores de delicias debieron de tener harto apagados los sentidos
para procurarse un aparato tan complicado, y un singular desprecio de los
hombres para tolerar que se burlaran o
aprovecharan así de ellos. Y sin embargo, si he renunciado casi a esas formas
demasiado maquinales del placer, o me he negado a seguir adelante, lo debo a mi
suerte más que a mi virtud incapaz de resistir a cosa alguna. Podría recaer con
la vejez, como se recae en cualquier forma de confusión o de fatiga. La enfermedad
y la muerte relativamente próxima me salvarán de la repetición monótona de los
mismos gestos, semejante al deletreo de una Lección ya sabida de memoria. De
todas las felicidades que lentamente me abandonan, el sueño es una de las más
preciosas y también de las más comunes. Un hombre que duerme poco y mal,
apoyado en una pila de almohadones, tiene tiempo para meditar sobre esta
voluptuosidad particular. Concedo que el sueño más perfecto sigue siendo
casi por necesidad un anexo del amor: reposo reflejo, reflejado en dos cuerpos ….”
Margarite
Yourcenar, en Memorias de Adriano.
- ¿Qué quiere decir amar a alguien?
“¿Qué quiere decir amar a alguien? Captarlo siempre en una masa,
extraerlo de un grupo, aunque sea restringido, del que forma parte, aunque sólo
sea por su familia o por otra cosa; y después buscar sus propias manadas, las multiplicidades
que encierra en sí mismo, y que quizá son de naturaleza totalmente distinta”
Gilles
Deleuze y Félix Guattari, en Mil Mesetas
Finalizo con esta última cita en donde aparece explicitado directamente, que en el amor,
de lo que se trata, es de encontrarse con un otro diferente, un continente negro
tal como diría Freud, aún desconocido, como el
encuentro de la rosa para el principito. Primero se capta a ese alguien de la masa, luego se buscan las multiplicidades que encierra en sí mismo y que lo hacen ser esa rosa diferente del resto de las rosas. Vale subrayar la palabra encuentro, ya que sólo se trata de eso, de un "fallo repentino en la lógica del universo", y ello....no sucede todos los días. Quizás algo de esto tenga que ver con que no sea tan sencillo...hablar del amor.
